Mi adorado Tash

Mi adorado Tash

¿Cuánto tiempo dura la vida?

Veinte años son muchos y, sin embargo, parecen no alcanzar.  Siete años podrían ser para siempre. Tres una eternidad. La vida de mi abuelo fue larga y lo sigo extrañando cada vez que algo que me sucede haría que sus ojos brillaran.

La vida sucede en medio de tiempos infinitos y eso la hace más contundentemente fugaz.

Un día comienza. Otro, termina. Si no acabara no sería vida. Termina y su fin duele.

¿Será verdad que seguimos vivos mientras que alguien nos retenga?,¿importa?, ¿cuándo estamos muertos queremos ser recordados o son los vivos los que tienen la necesidad de aferrarse a la existencia como si esta pudiera ser eterna?

Un día tuve que decidir decirle adiós a un ser que me acompañó durante veinte años. Tash, mi adorado Cocker Spaniel llegó a mi vida casi al mismo tiempo que mi hijo menor, y como siempre el más pequeño es el que se sale con la suya, mi bebé y mi perro conquistaron mi corazón y fueron unos consentidos cabales. Tash llegaba a Cuernavaca directo al chapoteadero y entre gritos y quejas (entendibles) de los vecinos, jugaba con el agua hasta que corríamos a sacarlo. En las cenas más elegantes en mi casa de pronto brincaba sobre el comensal más pomposo (no sé como siempre sabía quién era) y comía de su plato lo primero que pudiera agarrar. Tash fue incondicional, divertido, mal portado, insolente, atrabancado y delicioso. Fue perro único hasta que a sus 15 años llegó a la familia Renzo, un Weimaraner hermosísimo, chiquito y dócil. Durante algunos meses Tash lo correteó, le gruñó y marcó claramente su espacio y su lugar en la familia, sin embargo, Renzo creció hasta ser cinco o seis veces el tamaño de Tash y empezó una lucha amorosa entre ambos. Estoy segura de que fue la presencia de Renzo la que rejuveneció a Tash y le permitió vivir 20 años.

Y, sin embargo, tuve que respirar hondo la responsabilidad de llevarlo a su último sueño, tuve que detenerle la cabecita mientras que cerraba despacito los ojos…¿me dijo gracias?, creo haberlo escuchado.  Yo sí le agradecí su compañía, su amor, la ternura de su mirada.

La familia quedó con un hueco y Renzo perdió un poco de su personalidad traviesa y juguetona. De pronto ya no hubo para qué.

Hoy celebro la vida de Tash porque fue excepcional.

Celebro que haya existido y todos los momentos que nos hicieron felices, a él a mí y a mi familia.

Celebro su muerte porque me duele tanto que entiendo que estoy viva, que sé sentir hondo, que aquello que me hace apasionada es  saber besar, bailar, amar, comer, despedirme y llorar con todo el cuerpo, como si no existiera un mañana… porque a veces no existe.

Tamara Trottner

Licenciada en Ciencias de la comunicación.

Maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm.

Doctorado en Investigación y creación literarias área novela.

Publicó el libro de cuentos Un último pedazo de bruma (2001), la novela Siempre las Jacarandas. ( 2008 ) y Nadie nos vió partir (2020)

Participa en el programa de radio con Iñaki Manero en donde comparten su entusiasmo por la literatura y por cuestionarse la vida.

Le apasiona viajar; viajar por el mundo, por las páginas de un buen libro y por las historias que se convierten en sus letras.

 

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